Sucio. Los fluidos corporales, provengan de donde provengan, huelen, tienen su tufillo particular, y eso, para Pedro Juan Gutiérrez, no tiene precio. Para todo lo demás, perfúmese, aunque jamás para ocultar el maravilloso mundo odorífero-sexual. Uno de los tantos mensajes enviados desde ‘Trilogía sucia de La Habana’, un libro recomendable para muchos pimpollos como Fernando, quien está pensando en ir a un psicólogo para superar su animadversión a las mujeres reglosas.
“De toda la vida me ha gustado ir de marcha por los bares y discotecas con un único propósito: pasar una buena noche de sexo. Mi objetivo: tías tetonas, altas, sin chepa y con poca o nula capacidad oratoria. Aunque no bastaba con que la hembra estuviera de fábula, porque si tenía la regla la despreciaba igual que a cualquier cardo borriquero”. Eso se llama tener las ideas claras, desde luego… “El caso es que hasta hace dos días yo sólo veía cuerpos, carne a la que hincarle el diente y punto. Pero ha sucedido lo que parecía imposible: me he enamorado. Ahora sólo tengo ojos para ella, y no porque esté para mojar el churro. ¡Tengo ganas de verla al día siguiente!”. Amigo Fernando, has superado todo un eslabón. A lo que se enfrenta ahora nuestro amigo es para él una hazaña aún más dura que la de procurar fidelidad: “me repugna la idea de mantener relaciones sexuales con una mujer que tenga la regla”.
No eres el único que sufre esta tirria. Muchas tribus relegaron a las menstruantes a los confines del poblado mientras sangraran. Y quién no ha escuchado decir que las mujeres con el periodo no pueden lavarse el pelo, coger a un recién nacido, limpiar con lejía, participar en la elaboración de ciertos alimentos o practicar deporte.
No hay mito más chusco. Todo un desprecio a la fertilidad y sus satélites manifestado por los mismos que le deben nada menos que su propia existencia.
Ahora bien, si olvidamos la penetración para centrarnos en el sexo oral, es perfectamente lícito que a una persona le resulte desagradable la idea de tragar sangre. Si es tu caso, amigo Fernando, limítate a montarla, o pídele que se lave y se coloque un tampón, todo lo más te liarás con el cordoncillo. Querer es merecer.
Publicado en La Opinión de Murcia 26 julio 2011
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