Los orígenes de la vida nos fascinan por ese componente misterioso que siempre acompaña a la creación. No extraña pues que a la ‘semilla de varón’ se le atribuyan míticas cualidades. La madre de las mitologías, la griega, hacía un uso del sexo y de las intrigas amorosas de forma magistral, registrando a su vez mitos también falsos en torno a diversos aspectos, efectos y talentos del sexo.
El más conocido, creído y temido hasta tiempos tan insospechados como los actuales, es el mito de la supervivencia del espermatozoide fuera de su entorno natural. Ciertamente el espermatozoide demuestra tener, como célula aislada, una resistencia impresionante, pues el camino que ha de recorrer entre los testículos y su meta, el óvulo maduro, junto al que crea el cigoto totipotente (me fascina el lenguaje científico) está plagado de obstáculos y barreras donde, cual salmones, muchos quedan en el camino o se desorientan. ¿Cómo no concederles a los campeones la posibilidad imaginativa de sobrevivir fuera del cuerpo humano (bancos de esperma a parte? Los griegos, propulsores de tantas cosas, estaban convencidos de que el esperma humano podía viajar a través de cualquier tipo de fluido, originándose así el mito del nacimiento de la diosa Afrotida, hija de la mar y el esperma de Urano, al que cortaron sus partes nobles y las precipitaron al océano, al cual fecundó. Casi ná.
Este grandioso mito pervive en las piscinas públicas de nuestro país, o al menos en la de Molina de Segura, donde Begoña no se baña si no es con un tampón “por si las moscas” y los pajilleros acuáticos. Querida criatura, dejando a un lado y para otro artículo los poderes anticonceptivos de los tampones, si tus miedos se fundaran en una realidad, la paja hecha bajo el agua de una piscina pública sería una verdadera arma de preñamiento masivo, las mujeres de la tribu namibia Himba no serían las únicas en tener prohibido tocar el agua ni para asearse y a las recién nacidas habría que inyectarles junto a las vacunas de la rubeola y el sarampión un inhibidor ‘espérmico’. Teniendo en cuenta, junto a muchos otros factores, que los espermatozoides avanzan entre uno y dos centímetros por hora, preñarse en una piscina pública sin ser penetrada es más que imposible.
Publicado en La Opinión de Murcia el 06 de julio 2011
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