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domingo, 30 de agosto de 2009

Simuladores

Todos los días fingimos un poco: qué buena que estaba la sopa, estaba deseando toparme contigo, pero qué bien te queda ese pantalón, qué bueno que ahora serás mi jefa... Lo hacemos para no ofender, para evitarnos más explicaciones, por pena o por rabia. Algunas de estas razones nos mueven igualmente a fingir el orgasmo. ¿Por qué? Algunos de nuestros lectores nos aportan las claves de este juego absurdo: “Tengo veintitrés años y siempre he estado con Julián, desde los quince. Yo no sabía mucho de sexo, sólo lo que veía en la televisión: chico sobre chica que jadean y se muerden y, de repente, los dos emiten su gritito, resoplan como quien finaliza los cien metros valla y disfrutan de sus corrimientos simultáneos. Yo jamás he logrado correrme al mismo tiempo que mi chico, aunque él crea que su pene es infalible porque yo se lo hice creer desde siempre. Ya estoy un poco cansada de quedarme sin orgasmo por no decepcionarlo. ¿Cómo podría corregir esta larga tragicomedia?”. Yolanda, amiga mía, has dado en el clavo: el desconocimiento, el pudor y la pena son las claves de esta farsa que se repite cada día en millones de hogares. Como dice mi amiga Pilar, la culpa de todo la tiene Hollywood. Clase rápida: el pene no tiene poderes corrosivos sobre la mujer, pues estos se encuentran en ellas: aparte del cerebro, el punto de Gräfenberg (a las 12, detrás del pubis y alrededor de la uretra), la vagina y el clítoris. Con un simple mete-saca-saca-mete no hacemos nada. Hay que saber estimularlos con las posturas adecuadas. Diviértete con Julián mientras las encuentras. Aquí la sinceridad es clave.
¿Y ellos, fingen? Menos, pero también. “Tomo la pastilla azul desde hace dos años para tenerla lista cuando Rosa lo requiera. Ella está encantada, pero yo, desde entonces, me he convertido en un gran simulador”. No confundir la eyaculación con el orgasmo. Fingir aumenta la insatisfacción, la inseguridad, la infelicidad, la frustración... ¿sigo? Remedio: menos “¡ay, ay!” y más “ahí, ahí”.

Imagen: www.flickr.com

Cartas:
sexoalsol@hotmail.com

viernes, 28 de agosto de 2009

Nefasta mitología (II)

Qué fuera de este país con una buena educación sexual. Lo que gozaríamos todos, lo felices que seríamos. Jefes contentos por la mañana. Todos los lunes amaneceríamos con un placentero orgasmo. Esta fantasía me viene a la cabeza cuando escucho comentar que la menopausia es el final de todo. ¿Qué es todo? Vamos a ver, la vida no se reduce a los treinta, como piensa Clara, quien tiene una idea horrorosa, obsesiva y compulsiva sobre lo que le sucederá cuando le toque pasar su última regla: “Me gusta f..., es casi lo que más me gusta hacer. No imagino mi vida sin darle gusto a mi cuerpo. Mi madre, mis tías y todas sus amigas están ahora con los sofocos y las incontinencias. Dios, cada vez que pienso en que a mí también me tocará, que se me secará el (...), que perderé el interés por mi sexo... ¡no, no quiero!”. Querida lectora, como muchas de las cosas que nos suceden, la sintomatología durante los años de climaterio son, en una cuantiosa cantidad, psicosomáticas. Perdemos la menstruación, perdemos hormonas, perdemos la elasticidad disfrutada en nuestra primavera, perdemos lubricación natural y, sí, también algo de pipí. Puede haber sofocos y, como una causa de estos, insomnio.
Pero todo depende de cómo lo enfrentes. Puedes seguir el ejemplo de tu clan e inventar un problema para cada solución, o bien pensar en las múltiples opciones que tienes para seguir disfrutando del sexo en la madurez. Así lo ha echo Sara: “Mi marido creía que al perder la fertilidad yo no iba a querer saber nada de su pene. Así que se echó una amante. Yo me enteré poco después mi última menstruación. ¡Qué bendición! Perdí dos preocupaciones: el embarazo y un compañero egoísta. Paco, le dije, lo que me quita la libido no es la menopausia, sino llevar contigo cuarenta años. Hice mis maletas y me fui con Beltrán, quien siempre me supo amar”. Querer y desearlo es el principal ingrediente; y qué si hay que aderezarlo con lubricante.

martes, 25 de agosto de 2009

Placeres robados

“No sé dónde están. Por mucho que los llame, sola o acompañada, los orgasmos han dejado de acudir a mis sesiones sexuales”. Elena es una de las pocas mujeres que admite la existencia de un problema que sufren el 10% de las féminas: la anorgasmia. Rosario, en cambio, ha preferido resignarse, auto convenciéndose de que la vida, para algunas, “es asín”. La incapacidad para alcanzar un orgasmo tiene, en la mayoría de los casos, una causa común: la psico-comportamental. Para entendernos, algo que nos ronda insistentemente, que nos distrae. En el caso de Elena, la distracción es su marido: “Me casé con Nacho por amor, y lo hice siendo virgen. Aunque mucho antes aprendí lo que era sudar de placer en unas súper autosesiones en mi cuarto con pestillo. Me encanta el sexo, bueno, me encantaba hasta que... mi marido me destarró. Esa noche me eché sobre la cama desnuda, con el pelo suelto y la mano jugueteando entre las piernas en plan súper erótico. Nacho se quitó la ropa sin prisas, la dobló, vino a la cama con los calcetines puestos, me tapó los ojos, escuché como se hacía una paja y me penetró. Y así lo hace desde hace cinco años, en los que no me he corrido ni una sola vez. Lo peor es que no me pongo ni yo”. Tu caso, amiga mía, es perfectamente curable. Necesitas recuperar autoestima, establecer comunicación con tu marido (¿Sus padres le obligaban a confesarse dos veces por semana?) y recuperar el placer sensual y erótico contigo misma y con Nacho. Resumiendo, lo que se conoce como terapia comportamental. En el caso de Rosario, si no hay colaboración adiós a la curación: “Empecé a f... a los catorce y hasta los 32 me jarté de f..., parriba, pabajo, mirando pa Mursia o pa la Meca. A la edad de Jesucristo en la Crucifixión me arreglé con un rico promotor que no sabía dónde la tenía. Mi clítoris es desde entonces mi tarjeta Visa Oro, y a vivir”.



miércoles, 19 de agosto de 2009

El fuego quema

Parece una obviedad, lo es, pero no siempre lo recordamos, y no lo digo por los cientos de hectáreas que arden en nuestro país. Ventura ejemplifica la idea que hoy deseo trasmitirles: “Antes de empezar las vacaciones mi mujer decidió que no podía seguir fingiendo orgasmos, así que se largó con mi peluquero. Claro, yo sabía que se metían a la sala de depilación para que Nuria saliera con pubis y aledaños despejados, tranquilo por el mito del hombre con tijera. Qué iluso. Lejos de deprimirme por siete años malgastados y las tarjetas fundidas en cartucheras, pechos y otros retoques de mi ex, decidí usar lo que Nuria me dio en estos años: unos preciosos músculos (yo debía combinar con su talla cien). Con toalla, Ray-Ban y protección solar me fui a Calblanque a darme un festín de miradas y, tal vez, un revolcón. Me puse crema mientras observaba lo que se cocía a mi alrededor. Era la primera vez que enseñaba mi instrumento en público, así que mal disimulé antes de quedarme en pelotilla. Yo estoy muy bien dotado (no sé de qué se quejaba Nuria), así que pronto tuve a un par de féminas calculando lo que se podría hacer con este p…”. Me encanta cuánto te valoras, amigo mío. “Opté por un remojón y un paseo por toda la orilla para anunciarme. Cuando ya no pude aguantar las lágrimas de lo que me quemaba el pene salté al agua. Y allí estaba ella. Me guiñó un ojo y se acercó: “¿me atas el bikini?”. Empecé a hacer el lazo cuando restregó su culo en mis partes una y otra vez. No pude resistirme y lidié ese toro. Ahora, cuando volví a casa me dolía tanto el pene que tuve que ir a urgencias. Aún sigo en tratamiento”. Dos detalles importantes: no por prominentes tus genitales están exentos de quemarse al sol. Ese rapidillo y el agua de mar no hicieron sino empeorar las cosas. Te faltó la protección, y no sólo la solar. Muy mal.

lunes, 17 de agosto de 2009

Disciplina inglesa

Los caminos hacia la excitación son interminables. Hay a quien le pone a cien, como ya hemos visto, insultar, también gritar, hablar en francés, pensar en la suegra, vocear una fantasía sexual. Pero también los hay a quienes les gusta saltar de las palabras a las acciones, y por eso utilizan artimañas, juguetes y técnicas varias antes, durante y tras el que creemos erróneamente el final de la relación sexual: el orgasmo. Realmente el orgasmo no es tan importante, pero esto lo veremos más adelante. Hoy toca hablar de un dolor placentero en el que la idea de someter y ser sometido es para muchos el máximo aliciente en sus relaciones sexuales.
Para muestra un lector: “Para mí el sexo va casi siempre unido a una buena azotaina, y no me refiero a unos azotitos en el momento culmen, previo al orgasmo, sino a una buena azotaina antes del sexo”. El lector está hablado de “spanking, una disciplina domestica; para mí azotar a una mujer sobre mi regazo es una experiencia sólo comparable a estar yo en el regazo de alguna mujer que me esté azotando con su zapatilla… mmm”. Nuestro amigo advierte: “es algo que se puede ver desde fuera como una perversión, pero estoy seguro de que habría muchos ‘vainillas’ (desconocedores de cualquier variedad sexual fuera de los movimientos más básicos) que repetirían sin dudarlo una vez (a)probado. Estoy convencido de que muchas relaciones de pareja mejorarían una barbaridad...”. Ni que lo digas, amigo mío, pues todos sabemos que no hay nada mejor para el enfriamiento emocional que la rutina sexual. Para los que se animen, el ‘spanking’ forma parte del juego erótico derivado de la férrea disciplina inglesa dispensada en las aulas victorianas. Para empezar, basta con dos papeles: uno de maestro/a y el otro de alumno/a. Se puede usar una zapatilla, una regla, un bastón, un azotador de ganado, ya sea sobre las rodillas, en una silla, contra la pared, en fin, tampoco lo voy a poner tan en bandeja, den poder a su imaginación.



lunes, 20 de julio de 2009

Con fecha de caducidad

Al correo llegan tímidamente propuestas de los lectores, unas interesantes y otras realmente inconscientes. Josete, de Águilas, no tienes desperdicio. Nos cuenta Ángela, su novia, que ya no sabe qué hacer para que el mocete que se mercó la haga sentir mujer en toda su plenitud. No sufre de disfunción eréctil, tampoco le falta experiencia, ¿qué le impide, pues, mantener relaciones sexuales divertidas y placenteras con su chica? Ella nos lo explica: “[Josete] ya no quiere hacer el amor conmigo, tuvo un pasado muy promiscuo y cree que si se corre mucho se quedará vacío. Sigue una corriente mística que profesa un número limitado de orgasmos, y no quiere gastarlos”.
El misticismo ha marcado la Historia de la Humanidad sirviendo de excusa para ir contra natura. Las religiones monoteístas que todos conocemos sancionan hacer el amor sin fines procreadores, privilegio del que sólo gozan aquellos que tienen permiso. Gracias a esta represión sexual se cometen cada día millones de abusos en todo el mundo. Sin embargo, la secta que obnubiló a Josete no condena el coito sin unión sagrada, pero sí advierte de un número limitado de culminaciones del acto sexual. Nada más lejos de la realidad, amigo mío. El límite para disfrutar de una relación plena no se encuentra en el número, ni siquiera en la calidad (si fuera así, más de uno se esforzaría un poquito más, que falta nos hace) sino en el envejecimiento de nuestro cuerpo, TODO entero. Estudios científicos afirman que el hombre, a partir de los 45, pierde paulatinamente el nivel de testosterona en sangre, entre otros andrógenos. Esto significa una “menor capacidad de erección y pérdida del deseo sexual”, según el doctor Venancio Chantada, junto con aumento de fatiga, disminución de las funciones cognitivas, falta de atención y un largo etcétera. Mi consejo: Josete, empieza a inventarte todas las oportunidades que puedas, que lo que estás perdiendo es el tiempo. Y no es por ser entrometida Ángela, pero ¿le has preguntado en quién quiere tu novio gastar sus orgasmos si no es contigo?

Imagen: www.flickr.com

Cartas: sexoalsol@hotmail.com