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miércoles, 22 de julio de 2009

Motores mal lubricados

A lo largo del verano vamos a ver casos realmente enrevesados, no por el morbo, que nada tiene de malo, sino para evitar que tácticas como la de Carmen y Sebas sean imitadas espontáneamente por cualquier otra pareja tan inconsciente como ellos.
Aclarado este punto, Carmen, de Bullas, me cuenta en su correo: “el otro día mi novio y yo nos fuimos en coche por ahí y utilizamos el aceite del motor como lubricante”. ¿¡Cómol!?. La explicación es muy detallada pero injustificable: “Resulta que el tampax [ya estamos] me había dejado sequico el (...) y las ganas que teníamos de (...) nos pudieron. Ya desnudos y en posición, Sebas intentó penetrarme ¡y vi las estrellas!, no precisamente por estar en mitad del huerto. Desesperaícos revolvimos el maletero en busca de cualquier líquido con el que darnos por fin una buena (...). Sebas cogió triunfante el bote del aceite del motor y leyó en voz alta: aceite sintético muy untuoso, excelentes propiedades lubricantes, utilizable en invierno y verano. Felices por el hallazgo Sebas se untó el pene y allá que fue. ¡Menudo lubricante, Teresa¡”. Ya, ya, eso lo pensarías durante los primeros segundos, porque los siguientes debieron ser de los peores de tu vida sexual. Concluye: “Ahora me pica el chichi mogollón... ¿me puede pasar algo grave?”. ¡Ay! Carmen, lo que tendrías que haber hecho es coger el líquido de frenos y leer en su etiqueta: apto para todo tipo de sistemas de frenado, buena protección contra la corrosión interna. No quiero decir que te lo tengas que aplicar físicamente, ¡ni se te ocurra!, que bastante trabajo le darás al gine de urgencias, donde ya tendrías que estar.
Queda claro que sois de los que no planifican el aquí te pillo y te estropicio, como os ha ocurrido, porque Sebas seguro que sufrirá los vaqueros. Para el futuro te recomiendo que si os van los aceites para lubricar, elijas el de oliva o bien el aceite de sésamo, que deja un rastro fácilmente lavable en la tapicería.

Imagen: www.flickr.com

Cartas:
sexoalsol@hotmail.com

jueves, 16 de julio de 2009

Ante el vicio de preguntar...

... una gran virtud y oportunidad para compartir con ustedes sus dudas, temores, deseos y situaciones para olvidar (o no) en ese rincón privado que todos tenemos y en el que nos gustaría pasar más o mejor tiempo: la sexualidad. Desde hoy les invito a recostarse en el diván veraniego para preguntar o compartir anécdotas sobre formas, colores, falsos mitos o cómo salir de situaciones indeseadas. Para animarles les contaré que hace poco una amiga vino a casa muy apurada. “Tía estoy fatal”, aseguró extrañamente distanciada. “Qué peste, ¿habrán llenado el contenedor de sardinas podridas?” la corté mientras trataba de sellar mis orificios nasales. “No, el grajo viene de aquí”, y se señaló la entrepierna”. Flipé. “Hace seis días que voy tumbando a todo el que me pasa cerca... ni cerrando las piernas impido que el tufo me envuelva en miradas de reproche higiénico”. Traté como pude de tranquilizarla (complicado con la cabeza metida en la bolsa del compost de mis rosales). La pobre estaba a punto de perder el trabajo, a los amigos y su red social (que no era gran cosa, pero tampoco era el momento de recordárselo) por un simple pero mortal olor pestilovaginal.
“A ver cari, ¿que has hecho con tu vagina en los últimos diez días?”, es importante marcar un punto de partida. Su respuesta me mostró las pautas de actuación inmediatas. Vaciló un poco antes de contestar: había tenido sexo con estúpido ex. “¿Y antes de eso?, porque seguro que después ni se habrá atrevido a llamarte”. Pues poco porque tenía la regla. ¡Equilicuá! Mi amiga, puro despiste, usa tampones durante la menstruación, y parece que también mientras practica sexo (no, no es un método anticonceptivo-absorve-espermatozoides, no me sean...). Así pues, las embestidas coitales proporcionadas por su no-tan-ex-error enviaron el pedazo de algodón a falopilandia. Y claro, tantos días por los pliegues vaginales dieron su fruto... por decir algo. La mandé a urgencias antes de que la infección lo hiciera al otro barrio. Moraleja: hay que despejar antes de entrar.